La rebelión de las plantas

Una estructura de hierro y ladrillo rojo envuelta en rosales trepadores se alza en medio del Jardín Botánico. Su interior da cobijo del sol a palmeras, hiedras y helechos de diferentes especies y orígenes. En en centro de este umbráculo, brilla un estanque en el que flotan jacintos y lechugas de agua.

Santiago Beruete, antropólogo y filósofo, ha hablado esta semana de los jardines y su relación con la filosofía en medio de esa penumbra de reflejos verdes, entre el croar de las ranas del estanque, la sonata de las aves y la visita silenciosa de algún que otro gato. Más armonía, imposible. Jardionosofía es el título del libro que presentaba este jardinósofo de manos encallecidas por la azada, que defiende la necesidad del jardín en el bienestar y el desarrollo de las virtudes y la razón humanas con la pasión de quien señala una necesidad ignorada y la serenidad de quien destaca algo evidente.

Jardín y Filosofía se orientan hacia un mismo fin: lograr una buena vida. Por caminos distintos procuran el bienestar y el “bienser”.

El jardín es una metáfora visible de la felicidad dice en uno de los aforismos que, encadenados, conforman su discurso. Los jardines están hechos para disfrutar de la vida, para gozarla. Ver crecer lo que plantamos es uno de los placeres más genuinos del ser humano. Todas las civilizaciones durante milenios han creado, cultivado, mantenido y disfrutado de estos espacios naturales que dejan traslucir e impulsan la sensibilidad y la razón. En los jardines nació la filosofía, el amor a la sabiduría: la Academia de Platón, el Liceo de Aristóteles, el Jardín de Epicuro… el pensamiento siempre ha estado cerca de los espacios ajardinados. Entre huertos y vergeles germinaron las grandes y clásicas reflexiones sobre la belleza, la justicia y la verdad.

la prueba más clara de la sabiduría es el gozo y los jardines están hechos para disfrutar de la vida. – Montaigne

Las plantas –contemplarlas, atenderlas, cuidarlas- crecen, hacia la luz, como nosotros. Dice en otro momento. Y sigue diciendo que el jardín invita a la humildad con estas palabras: el jardinero asiste a la fiesta de gala del jardín vestido de mendigo. El jardín enseña paciencia, respeto a los ritmos y leyes naturales, enseña que, como dijo Bacon, la única manera de dominar la Naturaleza es obedecerla. Enseña también que a pesar de estar siempre cambiando, el jardín tiene voluntad de permanencia, y que hay una relación recíproca; nosotros construimos los jardines, pero los jardines nos construyen a nosotros… todo eso enseña el jardín: humildad, valentía, paciencia, generosidad, gratitud, tesón, previsión y confianza. Eso y más ofrece el jardín: alegría, serenidad, libertad, independencia, gozo sensorial de la belleza. Ingredientes todos de la buena vida.

Salir al jardín supone siempre entrar en nosotros mismos.

La edad de oro de los jardines está por venir, concluye con optimismo Beruete, porque cuanto más se aleja la vida humana de la Naturaleza –y el hábitat urbano en el que tendemos a aglomerarnos nos aparta más y más de lo natural- mayor es la añoranza de verde. Hoy en día, crear y cuidar un jardín o un huerto es una forma de resistencia a la imposición del consumismo y el artificio. Es una forma de rebelión en la que hay poco que perder y mucho que ganar contra la cultura de la celeridad, el ruido, la gratificación inmediata, el mercantilismo y la violencia. Y es que el jardín tiene también una dimensión política.

La experiencia del jardín activa la vida de la mente y de los sentidos, y nos prepara para vivir en el presente.

Avivament es el nombre del Festival de Filosofía que ha programado esta conferencia (junto con otras conferencias, diálogos, una pieza teatral, un paseo, una exposición y un documental, igualmente interesantes) organizado por València Pensa, una asociación sin ánimo de lucro cuyo objetivo es “implicar la filosofía en la vida cotidiana de la ciudad”.  Yo sólo tengo que añadir una palabra más: Gracias.

Bueno, no. También traigo un poema, El silencio de las plantas, De Wislawa Szymborska, una vez más. Con él me despido hasta el próximo domingo.

La relación unilateral entre vosotras y yo

no va mal del todo.

Sé lo que es hoja, pétalo, espiga, piña, tallo

y lo que os pasa a vosotras en abril y en diciembre.

Aunque mi curiosidad no es correspondida,

me inclino especialmente sobre algunas

y hacia otras levanto la cabeza.

Tengo nombres para vosotras:

arce, cardo, narciso, brezo,

enebro, muérdago, nomeolvides,

y vosotras no tenéis ninguno para mí.

Hacemos el viaje juntas.

Y durante los viajes se conversa ¿o no?

se intercambian opiniones al menos sobre el tiempo

o sobre las estaciones que pasan volando.

Temas no faltan, porque nos unen muchas cosas.

La misma estrella nos tiene a su alcance.

Proyectamos sombras según las mismas leyes.

Intentamos saber cosas cada una a su manera

y en lo que no sabemos también hay semejanza.

Lo aclararé como pueda, preguntadme y ya está:

qué es eso de ver con los ojos,

para qué me late el corazón

o por qué mi cuerpo no echa raíces.

Pero cómo contestar a preguntas nunca hechas,

si además se es alguien

para vosotras tan nadie.

Musgo, bosque, prados y juncales,

todo lo que os digo es un monólogo

y no sois vosotras quienes lo escucháis.

Hablar con vosotras es necesario e imposible.

Urgente en una vida apresurada

y está aplazado hasta nunca.

¡Feliz semana!

Jardinosofía. Una historia filosófica de los jardines. Santiago Beruete. Turner. Madrid, 2016

Poema “El silencio de las plantas”. Wisława Szymborska, El gran número; Fin y principio y otros poemas, Hiperión, Madrid, 2009

Collage Diálogo entre plantas, Pepa PérezBlasco

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