Sólo polvo de estrellas

Yo soy grande, es el cine el que se hizo pequeño

Exclama despechada Norma Desmond, la estrella del cine mudo, arrinconada en su mansión de Sunset Boulevard, añorando su gloria y entregada a la fantasía de volver a cegar a todo el mundo con su brillo: Soy una estrella.

El crepúsculo de los dioses – Sunset Boulevard, la película dirigida por Billy Wilder en 1950, resiste el paso del tiempo como pocas. Desde el punto de vista psicológico, esta mítica película es un pozo sin fondo que penetra en el análisis de las funestas consecuencias del amor por compasión, la culpa y la redención… y el narcisismo. Del narcisismo y de su contraposición al amor propio, a la verdadera y sana autoestima. El rostro de Gloria Swanson, sus mirada, sus gestos y movimientos encarnan el patetismo del aferramiento a la imagen idealizada y proyectada públicamente.

Fui educado en el judaísmo, pero pronto lo dejé para abrazar el narcisismo – Woody Allen.

El término “narcisista” en el lenguaje cotidiano se refiere a alguien que está muy pagado de sí mismo, alguien vanidoso que busca la admiración constantemente y se siente especial y por encima de los demás. En Psicología tiene una larga tradición, sobre todo en el seno del psicoanálisis, cuyo fundador, Freud, fue el primero en describir sus aspectos patológicos.

El desorden narcisista de la personalidad es un patrón general de grandiosidad (en la imaginación o en el comportamiento), una necesidad de admiración y una falta de empatía, que empieza al principio de la edad adulta y que se diagnostica cuando los individuos presentan al menos cinco de las siguientes características: (1) Tienen un grandioso sentido de autoimportancia (p. ej., exageran sus logros y capacidades, esperan ser reconocidos como superiores, sin unos logros proporcionados). (2) Están preocupados por fantasías de éxito ilimitado, poder, brillantez, belleza o amor imaginarios. (3) Creen que son “especiales” y únicos y que sólo pueden ser comprendidos por, o sólo pueden relacionarse con otras personas (o instituciones) que son especiales o de alto estatus. (4) Exigen una admiración excesiva. (5) Son muy pretenciosos, por ejemplo, tienen expectativas irrazonables de recibir un trato de favor especial o de que se cumplan automáticamente sus expectativas. (6) Son explotadores, por ejemplo, sacan provecho de los demás para alcanzar sus propias metas. (7) Carecen de empatía: son reacios a reconocer o identificarse con los sentimientos y necesidades de los demás. (8) Frecuentemente envidian a los demás o creen que los demás les envidian a ellos. (9) Presentan comportamientos o actitudes arrogantes o soberbios.

No soy narcisista; si yo viviera en la antigua Grecia no sería Narciso.

– ¿Y quién sería?

– Zeus.

Cuenta el antiguo mito griego que el joven y bellísimo Narciso se enamoró perdidamente de si mismo al ver su imagen reflejada en el agua de un río. Le fascinaba tanto contemplar su reflejo, que no podía hacer otra cosa; no podía dirigir la atención a nada ni a nadie que no fuese su imagen, de modo que, como sin atención no hay amor, esa fascinación le alejó de toda posibilidad de amar nada ni nadie. Su final, como corresponde a un mito, fue trágico: tanto se acercó y centró en su imagen, que terminó ahogado en el río.

Seguro que en la Grecia clásica habría muchos narcisos con pretensiones, pero apostaría a que en nuestros tiempos les ganamos: estamos tan inflados que vamos a reventar las costuras. Aunque es –y sigue siendo- un diagnóstico bastante raro, las cualidades narcisistas están ciertamente en alza. Como afirma una de las especialistas en el estudio del narcisismo, la psicóloga Pat MacDonald: basta con observar el consumismo rampante, la autopromoción en las redes sociales, la búsqueda de fama a cualquier precio y el uso de la cirugía para frenar el envejecimiento.

Otro gran especialista en el trastorno narcisista, el psiquiatra Frank Yeomans, se expresa en los siguientes términos cuando le preguntan como consigue que el narcisismo no le gane la partida: Tengo mis días, como todo el mundo, pero me esfuerzo –es mi terapia– en que mi concepción del mundo, las imágenes que me formo de él, empezando por la de mí mismo, no se alejen demasiado de la realidad. Eres más maduro cuanta menos distancia logras que haya entre quien crees que eres y quien eres de verdad; entre tu imagen del mundo y el mundo real.

Nadie abandona a una estrella.

No necesitamos ser “estrellas”. No necesitamos brillar sobre nadie en la distancia. Necesitamos amar y ser amados con nuestra luz, por supuesto, pero también y sobre todo, con nuestras sombras; y de cerca. Sin embargo, al menos en nuestra cultura, hemos aprendido y seguimos manteniendo la creencia de que somos dignos de amor en la medida de nuestros logros y méritos. Así se ha entendido la autoestima durante décadas: el amor a uno mismo y el amor que damos y recibimos deriva lógicamente de todo cuanto nos “adorna” como seres humanos. Tener una baja autoestima no es sano, pero tener un amor propio basado en el mérito y los logros respecto a otras personas y en valores ajenos asumidos sin juicio, tampoco. La Psicología actual está encontrando muchos efectos negativos en la promoción de la autoestima meritoria y está investigando en los últimos años otras alternativas para sustentar un amor propio como la autocompasión y la amabilidad hacia uno mismo que parecen tener muchas más ventajas para el propio individuo y para los grupos de los que forma parte.

A él se lo escuché:

al científico, al escritor,

a John Gibinn:

Básicamente, somos polvo de estrellas.

Sí, repitió. Eso es lo que

somos: polvo de estrellas.

Convendría no olvidarlo.

Tenerlo siempre presente.

Polvo.

No estrellas.

Hasta el próximo domingo. ¡Feliz semana!

Pat MacDonald (2014) Narcissism in the modern world, Psychodynamic Practice, 20:2, 144-153

Poema de David González, en El amor ya no es contemporáneo: el amor sigue siendo contemporáneo. Ed. Baile del sol

Collage Polvo de estrellas, polvo Pepa PérezBlasco

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