Verde, que quiero verde

Igual que esas tierras hubiesen muerto por la falta de árboles (que las oxigenaron creando vida a su alrededor), Elzéard hubiese muerto de soledad y tristeza si no hubiese encontrado la forma de ser feliz (levantándose cada día con la ilusión de plantar esos árboles).

Lo ves por todas partes: gente en zapatillas andando vigorosamente. Entre semáforos y escaparates por las calles de la ciudad, atravesando parques y jardines, recorriendo caminos entre la huerta… Lo sabe todo el mundo: andar es saludable. Después de una caminata, nos sentimos más relajados, con la mente más despejada y de mejor humor. ¿Es igual de bueno andar por un sitio que por otro? Parece que no. Parece que, como demuestran cada vez más investigaciones, vale la pena hacerlo en medio del verde-

Unos investigadores japoneses quisieron ver si hay diferencias en el efecto de caminar por un bosque y caminar por un centro urbano. Los participantes, que fueron asignados aleatoriamente a ambos grupos –ciudad y bosque- hicieron caminatas de igual longitud y dificultad. Antes y después de andar, les midieron la frecuencia cardíaca y la presión arterial y contestaron cuestionarios sobre su estado de ánimo, estrés y otras variables psicológicas. Los resultados mostraron que los que caminaron por el bosque tenían mejorías más notables en todas las variables evaluadas. Otro equipo de investigadores, esta vez finlandeses, encontraron resultados parecidos: un paseo de 20 minutos a través de un parque urbano produce más alivio al estrés que pasear durante el mismo tiempo por la calle de la ciudad. En otro experimento, a los participantes se les pasó una película muy estresante. Luego se dividió la muestra por la mitad: un grupo vio un video con colores y sonidos que representaban escenas naturales y el otro, un video de entornos urbanos. Como se habrá adivinado, el primer grupo se recobró del estrés mucho más rápida y completamente. Así que moverse en entornos naturales nos hace estar menos estresados. Pero hay más.

En la Universidad de California, otro grupo ha investigado el impacto potencial de la naturaleza en la disposición a ser generosos, confiados y serviciales con los demás. A un grupo de voluntarios se les expuso a escenas de naturaleza más o menos subjetivamente hermosas y a continuación participaron  en el Juego del Dictador –que mide generosidad- y en el Juego de Confianza.  Los que habían sido expuestos a las más bellas escenas de la naturaleza actuaron con más generosidad y confianza en los juegos que aquellos que vieron escenas menos bellas, y los efectos parecían ser debidos a los correspondientes aumentos de la emoción positiva. En otra parte del estudio, se pidió a los participantes que contestaran un test sobre sus emociones mientras estaban sentados en una mesa sobre la que habían plantas más o menos bellas. Cuando entregaron el test, les dijeron que el experimento había terminado, pero que si querían, podían ser voluntarios para hacer pajaritas de papel para un programa de ayuda en Japón. El número de pajaritas que hicieron se utilizó como una medida de su “conducta prosocial” o disposición a ayudar. Los resultados mostraron que la presencia de plantas más hermosas aumentó significativamente el número de pajaritas realizadas. Los investigadores concluyeron que experimentar la belleza de la naturaleza aumenta la emoción positiva, lo que conduce a comportamientos prosociales.

Los hallazgos de estudios como los anteriores aportan una mayor legitimidad a la llamada a preservar los espacios naturales -tanto urbanos como agrestes- y a pasar más tiempo en la naturaleza a fin de que nuestras vidas sean más sanas, felices y creativas. Hay algo en la naturaleza que nos revitaliza, que nos permite sentirnos mejor, pensar mejor, profundizar en la comprensión de nosotros mismos y de los demás y sentir el vínculo con todos y todo cuanto nos rodea.

La Provenza francesa es una de las regiones más bellas que conozco por sus campos de lavanda, olivo y trigo, sus colinas y montañas verdes, amarillas, ocres y bermellón, sus profundos cañones y gargantas, la pureza de su cielo estrellado, sus bosques, el sonido de la cigarra en verano y del Mistral en invierno… y sus pueblos… y su gente. Jean Giono, oriundo de Manosque, es el autor de “El hombre que plantaba árboles”, que relata cómo la labor de su protagonista, Eleazar Bouffier transformó pacientemente un paisaje agreste y yermo de la Alta Provenza en un bello bosque poblado por millones de encinas, al que regresaron las aves, otros muchos animales y el agua.

Si uno quiere descubrir cualidades realmente excepcionales en el carácter de un ser humano, debe tener el tiempo o la oportunidad de observar su comportamiento durante varios años. Si este comportamiento no es egoísta, si está presidido por una generosidad sin límites, si es tan obvio que no hay afán de recompensa, y además ha dejado una huella visible en la tierra, entonces no cabe equivocación posible.

Giono lo escribió cuando el Reader’s Digest le solicitó que participara en la serie “El personaje más inolvidable que he conocido”. Cada uno de los autores que escribían en ella presentaba un personaje cuya vida ejemplarizase que el empeño personal puede dar lugar a una actividad útil a la sociedad y a la superación personal. Giono envió su texto en 1953. La revista lo rechazó -buscaba historias reales y ésta era ficticia- y el autor, finalmente, la publicó en el Vogue americano en 1954 con el título “El hombre que plantaba esperanza y hacía crecer la felicidad” renunciando a los derechos de autor. A partir de ese momento, el relato no dejó de difundirse en las formas más diversas; apareció citado en libros y revistas en múltiples países, presentándose, casi siempre y curiosamente, como una historia verdadera. Hoy en día, “El hombre que plantaba árboles” es uno de los textos más conocidos de Giono. Se puede encontrar en las tiendas de los Jardines Botánicos y de los parques naturales a menudo compartiendo vecindario con las obras de Thoureau, otro de los escritores emblemáticos en la defensa del respeto a la naturaleza y de la vida natural.

Empieza así:

Hace aproximadamente cuarenta años, yo hacía una larga travesía a pie, en las regiones altas, absolutamente desconocidas para los turistas, en la vieja región de los Alpes que penetra hasta La Provenza…

Si alguien quiere leyéndola, la editorial Duomo la sacó en el 2013, prologada por Saramago, preciosamente ilustrada. Un buen regalo para el Día de la Madre.

¡Feliz semana! Hasta el próximo domingo.

En memoria de Boubou, belle belle-mère pour toujours, que me hizo conocer a Giono y lo mejor de Provenza

El hombre que plantaba árboles. Jean Giono. Ed. Duomo 2013

En este enlace se puede leer el Articulo sobre investigaciones que demuestran los beneficios psicológicos de estar en contacto con la naturaleza

Collage Verde, que quiero verde, Pepa PérezBlasco

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